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La selva en medio de la deforestación – RESEX de Jaru (RR)

Una reserva biológica que protege el bosque exuberante en Rondônia. Las decisiones sobre su protección se toman junto con los vecinos

La Reserva Biológica de Jaru tiene 353 000 hectáreas de bosques habitadas por cedros, caobas, castaños y árboles del caucho, hogar de grandes mamíferos y aves multicolores que revuelan sobre los ríos. Consolidada con recursos financieros del ARPA, en los municipios de Ji-Paraná, Machadinho D’Oeste y Vale do Anari, en el estado de Rondônia, esta área protegida está rodeada de haciendas, asentamientos de reforma agraria y pueblos. Y todos participan en su gestión.

Para la preservación de la reserva biológica de Jaru, que depende del Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio), el Programa de Áreas Protegidas de la Amazonia (ARPA) del Ministerio de Medio Ambiente invirtió 3,23 millones de reales entre 2003 y 2012. Los fondos se destinaron a su creación y a acciones fundamentales para garantizar su mantenimiento.

Dicha reserva se creó mediante el Decreto 83.716 del 11 de julio de 1979 y protege una superficie de 293 000 hectáreas. Hasta mayo de 2006, una línea imaginaria separaba a la reserva de una superficie de 60 000 hectáreas que posteriormente sería anexada. Dicha ampliación se llevó a cabo igualmente con la ayuda financiera del ARPA.

Esa línea dejó de ser ultrapasada con la ampliación, que transformó el río Machado en el límite occidental actual de esa área protegida.

Durante casi diez años, las inversiones del ARPA se han dirigido a iniciativas como el desarrollo del plan de manejo, la formación del consejo consultivo con participación del gobierno y de la sociedad civil, estudios sobre la titularidad de las tierras, demarcación, señalización, apoyo a estudios científicos, monitoreo permanente del territorio y financiamiento de proyectos de desarrollo sostenible en las comunidades circundantes.

Situada en uno de los estados líderes en deforestación de la Amazonia, la reserva de Jaru es un AP de protección integral, lo que significa que está cerrada al público y no se permite el uso directo de sus recursos naturales. Esto se debe principalmente a su ubicación, entre las cuencas de los río Madeira y Tapajós, en una de las regiones brasileñas menos conocidas científicamente e identificada como una de las áreas de endemismos del sur de la Amazonia.

La reserva biológica de Jaru está prácticamente aislada en medio de una zona que sufre una intensa deforestación, conectada solo con los bosques de la Tierra Indígena Igarapé Lourdes, al sur, habitada por los indios gavião y arara.

La reserva biológica pertenece al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNUC), instituido por la ley 9.985/2000, una de las estrategias nacionales para el logro de los compromisos multilaterales de Brasil para la solución de problemas ambientales, como el Convenio sobre la Diversidad Biológica, cuyo objetivo es contener las alteraciones en los ecosistemas.

Los resultados de las inversiones

«Antes del ARPA, la reserva sufría invasiones, estaba degradada y había muchos conflictos sociales», dice la directora de la reserva, Simone Nogueira dos Santos.<0} Ella recuerda que la consecuencia más notoria de las inversiones del Programa en la reserva fue la retirada de los invasores, del ganado y la ampliación en 2006 del territorio de la reserva en 60 000 hectáreas.

Para la anexión de esas tierras, que forman una franja de 9 kilómetros de ancho y 100 de largo, se necesitaron más de dos años de fiscalización, paciencia y valor. Durante este período, la propia Simone Santos y otros empleados del ICMBio pasaron muchas noches durmiendo en tiendas de campaña en el bosque y sufrieron amenazas de personas que estaban en contra de mantener la reserva.

«La primera medida del ARPA fue crear una barrera de control que funcionaba día y noche entre mayo del 2006 y diciembre del 2008», cuenta la directora de la reserva. Esa barrera controlaba la entrada y salida de personas y prohibía que introdujeran en esa zona herramientas agrícolas y sustancias químicas.

Durante esos dos años, las dietas de los empleados y hasta de los agentes de policía encargados de las tareas de control fueron pagadas por el ARPA integralmente (en la actualidad no se permite el pago de dietas de empleados por parte del ARPA, pero entonces estaba permitido).

Los pasivos ambientales en esa franja de tierra que se iba a anexar eran considerables: 6000 hectáreas de pastos, 3200 cabezas de ganado y 30 familias instaladas.

«Nuestro papel era estrangular la economía se estaba asentando de manera irregular en la reserva. Así, con nuestra permanencia allí, sus habitantes fueron retirados y finalmente, entre junio del 2008 y enero del 2009, se retiró del lugar todo el ganado de manera pacífica», cuenta Simone.

 

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         Reducción de los incendios y la deforestación

         Uno de los indicadores fundamentales de los resultados del apoyo del ARPA y de la expansión de la reserva de Jaru fue la reducción de las tasas de incendios forestales y deforestación de la franja de tierra que se anexó al área protegida.

«La tasa de deforestación cayó de 854 hectáreas en 2006, el año de la ampliación de la reserva, a 51 hectáreas un año después», informa el coordinador de protección de la reserva, Luciano Malanski, analista ambiental del ICMBio. Entre 2004 y 2005, cuando el ARPA comenzó a apoyar a esa área protegida, el área deforestada llegaba a 1300 hectáreas de bosques.

El monitoreo se realiza con base en el Proyecto de Monitoreo de la Deforestación en la Amazonia Legal, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Prodes/INPE). «Tras la ampliación del AP la deforestación pasó a ser 17 veces menor», señala.

Luciano Malanski observa también que el análisis de los focos de calor dentro de la reserva, gracias a la base de datos de incendios BD Queimadas, también del INPE, muestra un cambio brusco de una media anual de 45 focos antes de la ampliación a 17,75 focos de calor después de que dejara de haber habitantes y ganado, lo que significa una reducción del 60 %.

Aunque los estudios muestran que los índices de focos de incendio han disminuido de manera significativa, la directora de la reserva comenta que esas cifras no se han reducido más hasta la fecha debido al incendio intencionado que en 2010 consumió 600 hectáreas de la reserva.

«En 2011 no se detectaron focos de calor dentro de la reserva de Jaru. Esos índices reflejan la vigilancia permanente de nuestro equipo», recalca Simone Santos.

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Debate con la sociedad

Todos los asuntos relativos a la Reserva Biológica de Jaru se tratan en su consejo consultivo.

La ampliación del territorio de la reserva biológica de Jaru fue ampliamente discutida con la sociedad del estado de Rondônia, a través del consejo consultivo del AP, que se ocupa de todos los asuntos relacionados con el área protegida.

«El consejo consultivo participó en todo el proceso de ampliación de la reserva. Se celebraron reuniones con todas las instituciones para crear una base fuerte. Sin ella, creo que no habría sido posible. Hoy en día, todo funciona sobre la base de los debates del consejo», afirma el consejero Vilton Sanchotene Pinto, que representa a la ONG Mandala, Arte y Ecología, de la ciudad de Ji-Paraná.

Se celebraron numerosas reuniones para la retirada de las personas de la reserva biológica. Diecinueve familias fueron trasladadas al Proyecto de Asentamiento Forestal Jequitibá, un modelo que prioriza el desarrollo sostenible de la agricultura familiar. Las demás tenían otras opciones de residencia.

El consejo consultivo de la reserva biológica de Jaru fue instituido mediante ordenanza del Ibama en marzo de 2006, para que dicha área protegida pudiera cumplir su papel, que es esencialmente el mantenimiento del ecosistema. Y, pese a ser un área de protección integral, la reserva tiene asimismo el objetivo de salvaguardar los recursos naturales que indirectamente favorecen a toda la sociedad, especialmente a las comunidades circundantes.

Ese foro de discusión cuenta con representantes permanentes de órganos del gobierno federal, tales como el ICMBio, de los ayuntamientos de los municipios de su entorno y de organizaciones no gubernamentales, como los sindicatos de agricultores, de pescadores y de las universidades del estado de Rondônia.

«Todos los actores interactúan, algo que afianza la relación de las comunidades con la reserva», afirma Vilton Sanchotene Pinto. Cuenta que los propios consejeros fueron preparados para desempeñar su función con eficacia. Además, se hicieron listas de lugares donde cada uno realizaría charlas para concienciar a los vecinos sobre la importancia de preservar el medio ambiente.

«En las charlas, hablamos sobre la relación del bosque con las lluvias y con el calor infernal que hace en algunas ciudades de Rondônia donde la deforestación es muy grande. Los pescadores escondían los aperos de pesca, y nosotros les animábamos a reciclarse, a que entendieran la importancia de no pescar indiscriminadamente», recuerda Vilton Sanchotene Pinto.

 

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Agricultores conscientes

Antes las comunidades veían al ICMBio como un opresor, pero hoy participa en proyectos con visión ecológica. Los consejeros de los alrededores son consultados sobre las inversiones del ARPA en la reserva.

El proceso de creación de la reserva biológica de Jaru, con la retirada de los invasores y del ganado de su interior, causó irritación en los vecinos de las ciudades y asentamientos de reforma agraria que viven en la región. Fue necesario un considerable esfuerzo para que entendieran los beneficios de la conservación de la naturaleza en su vecindad.

Un personaje importante para el cambio de mentalidad de los habitantes de la región fue el secretario de Medio Ambiente del ayuntamiento de Vale do Anari, Zequiel Santos, representante del ejecutivo municipal en el consejo consultivo de la reserva.

Vale do Anari tiene 9200 habitantes y está situada a orillas del río Machado, frente a la reserva biológica de Jaru. Zequiel es un apasionado de esa pequeña ciudad y de la causa ecológica. Es historiador y está haciendo un doctorado en gestión ambiental. Su proyecto académico trata sobre la creación de un corredor ecológico entre esta reserva biológica y una reserva extractiva local.

«En el proceso de retirada de las personas y del ganado, la imagen de la reserva en el municipio se deterioró mucho. Los órganos públicos, tales como el ICMBio, daban miedo y representaban la opresión», cuenta el secretario de Medio Ambiente.

Zequiel Santos relata que una de las iniciativas adoptadas para cambiar esa situación fue la creación, financiada por el ARPA, de un vivero con capacidad para plantar 15 000 plantas por cosecha, en el asentamiento de reforma agraria Palma Arruda. Esa experiencia dio inició con 10 familias y va a ser ampliada.

«Se alentó a los agricultores familiares a que recuperaran áreas degradadas, cultivaran sistemas agroforestales y cuidaran los márgenes de los afluentes del río Machado. Hicimos charlas sobre educación ambiental en las escuelas y hablamos de desarrollo sostenible en las zonas rurales y urbanas del municipio», refiere el secretario.

Zequiel Santos dice que se consulta a los consejeros y que el ARPA rinde cuentas de todas las inversiones en la reserva, incluso sobre acciones de fiscalización. Por ejemplo, una de las decisiones fue construir la sede de la asociación de productores del asentamiento Palma Arruda, que está lista y a punto de instalar un telecentro con acceso gratuito a internet, gracias a una colaboración entre el Ministerio de Medio Ambiente y el Ministerio de las Comunicaciones.

«Ahora estamos creando la identidad visual de la reserva, conjuntamente, por videoconferencia. Así, las personas participan en la reserva y el área protegida deja de verse como un obstáculo», afirma Zequiel.

Nueva mentalidad. El trabajo en Vale do Anari ha dado resultados significativos. «No quedaron resentimientos. Entendemos la visión ecológica y hoy pensamos de otra forma. Ahora nos sentimos privilegiados por vivir cerca de la reserva y tener aquí un clima mejor, pues el viento que viene de allá es más fresco», exclama Geraldo Ferreira, presidente de la Asociación de Pequeños Agricultores del Proyecto de Asentamiento Palma Arruda, que cuenta con unos 200 socios.

Su esposa, Regina Araujo Ferreira, quien también ocupa un papel de liderazgo en la comunidad, cuenta que otra estrategia para acercarse a las mujeres fue organizar cursos de artesanía con materiales autóctonos, como hojas de palmera aguaje.

«El curso de artesanía nos brindó la oportunidad de organizar charlas. Antes solo asistían a las reuniones los hombres, y las mujeres siempre decían que tenían que lavar algo de ropa y nunca iban», relata Regina. «Ellas aprendieron a hacer lámparas y ahora quieren más cursos, para aprender a hacer cestas y cedazos».

Las familias de agricultores también están interesadas en nuevos incentivos para que las mudas autóctonas puedan ser comercializadas. Siembran jacarandá, copuazú, tamarindo, jatoba, inga, huasaí, y otras especies.

Geraldo cuenta que se interesaron especialmente por el vivero después de que les llevaran de visita al Proyecto RECA (Reforestación Económica Consorciada y Adensada), un sistema agroforestal en municipios situados entre los estados de Rondônia y Acre, que tiene unos veinte años de producción y nació de la necesidad de ofrecer medios de subsistencia alternativos para agricultores que, como ellos, habían emigrado de otras regiones y habían sido asentados por el Instituto de Colonización y Reforma Agraria (INCRA). En la actualidad el RECA es una de las experiencias de producción y preservación ambiental más exitosas y premiadas de Brasil.

 

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Pesca controlada

El control de la pesca no fue fácil. Los pescadores fueron obligados a dejar de pescar donde más peces había. Pero entienden que merece la pena.

Los pescadores también forman parte del consejo consultivo de la reserva de Jaru y participan en las reuniones y en la toma de decisiones. Después de ingresar en ese foro de debate, cambiaron su actitud. Dejaron de capturar especies indiscriminadamente y entendieron la necesidad de preservar el ecosistema.

«Si no hubiera control, creo que ya no habría más peces en el río Machado», estima Manuel Batista Dantas, presidente de la Colonia de Pescadores Z9, de la región que rodea a la reserva. Él calcula que hace diez años las reservas de pesca cayeron un 30 %, y que empezaron a recuperarse tras las restricciones.

Hay aproximadamente 180 pescadores profesionales que pescan en promedio de 80 kilos por mes cada uno. Las principales especies que capturan son: corvina, bagres pintados, cachama, pacú y bagre sapo.

Antes de las restricciones impuestas por la creación de la reserva biológica tenían 280 kilómetros libres para pescar a lo largo del límite occidental de la reserva, mientras que hoy solo pueden trabajar en la margen izquierda del río, el lado en que el río Machado baña a las comunidades. También tuvieron que abandonar el mejor lugar de pesca, los 18 kilómetros de rápidos donde se concentra el mayor número de cardúmenes, en el extremo sur de la reserva, donde desemboca el río Azul, que limita con las tierras indígenas.

«Los ingresos de la pesca cayeron bastante. Y con la deforestación, las aguas del Machado se llenaron de barro. Es importante aceptar las reglas. Esa región de rápidos del Machado y la reserva son el vivero de los peces, y hoy en día los pescadores entienden eso. Los peces están donde encuentran alimento y la reserva es importante para su alimentación y su reproducción», dice Manoel Dantas.

Las restricciones a la pesca se hicieron sobre la base de las deliberaciones del consejo consultivo y también de las leyes que prohíben la captura durante la veda, el período de reproducción, que dura cuatro meses, del 15 de noviembre al 15 de marzo, durante el cual los pescadores reciben un seguro del gobierno federal para compensar los días que no trabajan.

Pero esas fechas pueden cambiar. Gracias a la observación de los pescadores, la Universidad Federal de Rondônia (UNIR) está desarrollando un proyecto que podría cambiar el periodo de veda. Los estudios, llevados a cabo con fondos del ARPA, presentarán un diagnóstico sobre los ambientes acuáticos y terrestres de la reserva.

«La pesca cierra en noviembre, pero en septiembre hay algunos peces que ya están ovados, como el tucunaré, la corvina, el piau o el pacú. Es lo que vemos a la hora de limpiar el pescado: nos los encontramos llenos de huevas», explica Manoel Dantas.

El coordinador de ese estudio, Rinaldo Ribeiro Filho, profesor del Departamento de Ingeniería de la Pesca de dicha universidad, explica que «el tiempo de la veda quizá se esté determinando mal, porque la base de la gestión de la pesca de Rondônia se está haciendo teniendo en cuenta la situación de otros estados».

Rinaldo Filho dice que ese estudio se encuentra en su sexto mes de recogida de datos y que presentará un diagnóstico sobre las especies que allí viven, su alimentación y sus zonas de reproducción. También se analizará la calidad del agua, mediante el uso de sondas computarizadas, y se observará la vegetación de los bosques de ribera. El trabajo durará dos años y los primeros resultados serán divulgados en 2012.

Por Cristina Ávila